Prichard Colón tenía 23 años cuando salió del ring aquella noche de octubre de 2015 sin saber que su vida acababa de cambiar para siempre. Había llegado al combate contra Terrel Williams invicto, con 16 victorias como profesional y con la carrera de un joven llamado a cosas importantes por delante. Horas después, estaba en un hospital de Virginia sometido a una cirugía de emergencia por un hematoma subdural.
Desde entonces, el boxeo siguió su curso. Colón no.
Durante once años, su nombre quedó ligado a aquella pelea y a las consecuencias de una lesión cerebral que lo mantuvo bajo el cuidado de su familia. El mundo del boxeo conoció las imágenes de un muchacho que había llegado al profesionalismo con la ilusión de convertirse en campeón y que terminó necesitando ayuda incluso para las tareas más básicas de la vida cotidiana.
El jueves, Richard Colón anunció que su hijo había muerto a los 33 años.
La familia no informó cuál fue la causa específica del fallecimiento. Lo que sí forma parte de su historia es la lesión sufrida aquella noche y los años de lucha que vinieron después. Once años en los que la carrera de un boxeador quedó detenida mientras su familia aprendía a vivir con las consecuencias de una pelea que nunca debió trascender el cuadrilátero.
La historia de Colón, sin embargo, no termina con su muerte. Tampoco pertenece únicamente al terreno de la tragedia deportiva.
