La toma de posiciones sobre el compromiso de los militares dominicanos con la institucionalidad democrática nacional vuelve a debate en un artículo que publica este sábado en Listín Diario el vicealmirante retirado Eurípides Antonio Uribe Peguero, en el que puntualiza interesantes puntos sobre determinadas íes al también ex vicealmirante Homero Luis Lajara Solás.
Uribe Peguero resalta diferencias de enfoque expresadas por Lajara Solás en su artículo “Que sigan escribiendo”, Listín Diario 21 de septiembre 2026, en el que aboga porque se escriba más sobre el tema para que se expresen otros puntos de vista.
“También resultaría interesante escuchar a otros compañeros de armas que defendían un gobierno legítimo. Lo señalo con respeto. Ningún testimonio personal, por valioso que sea, puede abarcar todo cuanto ocurrió.
“Por eso, las memorias y los libros históricos deben, preferiblemente, incluir documentos que avalen la mayoría de sus afirmaciones. No están para adornar páginas, sino para que el lector pueda comprobar los hechos y otros investigadores continúen el rumbo. Sobre los acontecimientos narrados por el excomandante de la Armada y escritor, esperamos esas reacciones”, expuso Lajara Solás en su artículo.
Lajara Solás califica de “gobierno legítimo”, al de Joaquín Balaguer, del que Uribe Peguero opina que se trató de “un régimen que se impuso a sangre, exilios, torturas y fraudes hasta el año 1996”
A continuación, SINERGYA reproduce aspectos del artículo de hoy en el que Uribe Peguero marca notables -aunque respetuosas- diferencias con las posiciones de Lajara Solá:
En cuanto a “los coroneles de Peña Gómez”, los criterios expresados en el libro CORONELES, no tienen la pretensión de ser absolutos y sería interesante que otros militares trataran de desmentir, aportar detalles no conocidos por su autor o disentir de sus criterios. Sin embargo, aunque las opiniones vertidas sobre los acontecimientos podrían ser debatibles, en cuanto a la veracidad de los hechos concretos, será imposible desmentirlos por haber sido vividos por el propio autor y que pueden ser corroborados por personas que aún viven.
Sería de interés histórico un ejercicio literario elaborado por algún militar expresando su aprobación a un régimen que se impuso a sangre, exilios, torturas y fraudes hasta el año 1996. No niego que existan muchos, pero hasta ahora, conservan su aprobación en estrechos círculos y en el silencio cómplice de todo cuanto acontecía en ese régimen.
¿Por qué guardan silencio?
Contrario a como lo hemos hecho el Gral. Soto Jiménez y el autor ¿por qué los militares que estuvieron conformes con ese régimen se han mantenido en silencio? Constituían el instrumento de fuerza empleado para mantenerse a base de la represión y estuvieron de acuerdo con un gobierno que se le comprobó un fraude electoral en casi todos los procesos en que participó.
Ellos eran quienes propiciaban desfiles militares haciendo ondear banderas rojas en los fusiles; quienes en 1978 detuvieron un escrutinio de votaciones cuando supieron que el régimen estaba perdiendo las elecciones y contribuyeron al trastrueque de votantes y padrones en las mesas electorales en 1990. No extraña que resulte difícil escribir para justificar las acciones de un régimen donde acontecieron hechos tan repudiables y lesivos para la democracia dominicana.
| Constituían el instrumento de fuerza empleado para mantenerse a base de la represión y estuvieron de acuerdo con un gobierno que se le comprobó un fraude electoral en casi todos los procesos en que participó
Eurípides Antonio Uribe Peguero |
Aunque resulte difícil justificar constitucionalmente que incurrimos en una irregularidad al aceptar orientaciones de un líder de oposición, creo que para ellos puede ser más difícil reconocer que Joaquín Balaguer no representaba “el poder legalmente constituido” y que ellos fueron parte de la maquinaria de fraude y represión que sostenía su régimen. En mi parecer estimado Vicealmirante Lajara, quienes estuvimos en ese grupo de coroneles, éramos más institucionalistas que quienes seguían ciegamente a régimen que perdía su legitimidad en cada proceso electoral viciado que le permitía la continuidad.
Estuvimos con Peña Gómez, pero no éramos militantes, activistas de su partido ni seguidores fanáticos del líder político. En ese momento circunstancial le seguimos porque representaba la institucionalidad. Después de las elecciones de 1990, la recomposición política lo proyectaba como el candidato que, en 1994 podía vencer al líder político que encabezaba el régimen imperante que siempre utilizaba medios fraudulentos para negar el triunfo a quien lo consiguiera.
En esta crítica situación para nuestra democracia, estábamos dispuestos a dar apoyo a cualquier político opositor que resultara triunfador en buena lid, pero, Peña Gómez era el candidato que podía vencer a quien encabezaba el régimen y el eventual ganador en las elecciones de 1994.
Una interpretación muy ligera
Resulta una interpretación muy ligera sugerir, que éramos militares que desconocíamos el mandato constitucional al seguir un líder político abandonando los principios de apoliticidad y no deliberantica, ignorando la causa fundamental por la cual lo hacíamos. Es pertinente indicar que seguíamos a Peña Gómez como lo habríamos hecho con cualquier candidato que triunfara en 1994 y que significara el desplazamiento legal de Joaquín Balaguer de la presidencia de la República.
Fíjese lo acontecido en la relación político-militar en la cual se ha desarrollado nuestra democracia durante los últimos 30 años. A partir de 1996 se han producido varias elecciones y cuatro ciudadanos demócratas han gobernado la nación. Se han producido algunas reelecciones, pero ningún presidente ha pretendido mantenerse en el poder en forma fraudulenta. La alternabilidad democrática se ha producido con normalidad.
¿Se ha dado cuenta de que, durante este lapso, los militares no se mencionan en actividades políticas ni conspirativas? Ellos no tienen todo el mérito del curso normal de nuestro sistema político, pero pusieron y siguen poniendo su grano de arena a través de muchos de esos coroneles que estuvieron con Peña Gómez y que durante estas últimas tres décadas fueron jefes de los cuerpos armados no solo con Hipólito Mejía, también con Leonel Fernández y con Danilo Medina. Ellos siguieron demostrando los principios institucionalistas que aquella vez nos orientaban, aunque fuera subordinados a un líder político diferente.
Es mi predilección escribir sobre hechos cercanos. Sobre aquellos vividos como actor o como observador y, al hacerlo, “las emociones no toman el mando”. Tengo criterios que trato sean emitidos con el buen juicio como norte, donde no predomine el ego y, aunque generen polémicas, mi relato resulta siempre ético, veraz, coherente y desapasionado.
Usted sugiera la ausencia de documentación que soporte los planteamientos expuestos en CORONELES, pero ignora algunos datos que con mucha precisión quedan explícitos en la lectura de la obra. Si mis propias consideraciones no parecen creíbles y aunque faltaron algunos testimonios importantes, en el contenido del libro aparecen varias entrevistas que fueron hechas a personalidades protagónicas de los hechos relacionados con la organización y actividades de este grupo de oficiales, entre ellas; al expresidente Hipólito Mejía, al dirigente Rafael “Cucuyo” Báez y al vicealmirante Miguel Ánguel González Ramírez. Entre los testimonios faltantes y que pueden avalar el contenido del libro están los que pueden ofrecer Guido Gómez Mazara, doña Milagros Ortiz Bosch, doña Peggy Cabral, el expresidente Leonel Fernández, el Almirante Sigfrido Pared Pérez y otras personalidades conocidas (ver 8 COLABORADORES citados al final de la obra). LOS MUCHACHOS DE LA DEMOCRACIA, libro reciente del MG® José Miguel Soto Jiménez también es una obra que sustenta el contenido de la Segunda parte de CORONELES.
Se debe apreciar que, tanto el autor de LOS MUCHACHOS DE LA DEMOCRACIA como el de CORONELES, escribimos sobre un tema inédito que nadie había escrito, por tanto, no existía una documentación donde acudir para validar nuestros planteamientos. Nuestra obra se sostiene en los testimonios aportados por las menciones y entrevistas que hicimos para elaborar nuestros trabajos y, sobre todo, en la credibilidad que pueden tener nuestros propios testimonios.
Demandar que se aporten documentos, por tratarse de una obra de “hechos cercanos”, es una inmerecida inconsecuencia en cuanto el libro CORONELES y cualquier otro que se escriba en la actualidad sobre este tema. Le aseguro estimado Almirante Lajara, que “las emociones no asumieron el mando” al escribir esta obra y si no contiene documentación suficiente como referencia, es por la ausencia de bibliografía para sostenerlos. CORONELES (en cuanto a Los coroneles de Peña Gómez) y LOS MUCHACHOS DE LA DEMOCRACIA no son obras que podían sustentarse en otros documentos escritos, están llamadas constituirse en documento de referencia bibliográfica por contener informaciones inéditas.
Quienes eligen escribir sobre acontecimientos históricos del pasado lejano, obligatoriamente deben valerse de las fuentes que documentaron el tema en el momento de producirse los hechos o en tiempos que precedieron a la época del autor. En este caso, los yerros históricos de quienes escriben sobre ellos en la actualidad, aún más allá de la investigación que haga un autor, se pueden atribuir a las equivocaciones o desvíos emocionales y éticos que influyeron cuando el hecho fue narrado con precedencia. Considero un acto que puede resultar más comprometedor el atreverse a escribir sobre hechos cercanos porque aún viven los testigos y protagonistas de los acontecimientos quienes fácilmente pueden desmentir errores y faltas éticas de quienes abordan un tema.
Este grupo militar fue muy secreto y los pocos que conocieron de su existencia, pudieron no considerar trascendente el escribir sobre ello porque en el fondo, los coroneles no llegaron a tener una participación operativa. Esto anuló la posibilidad de que en bibliotecas existan documentos que reseñen nada sobre estos oficiales.
Usted afirma también que pudo advertir que los coroneles estaban “casi todos vigilados y monitoreados”, sin embargo, pienso lo contrario. Los mandos militares podían tener conocimiento sobre nuestra existencia y los nombres de los principales líderes del movimiento, pero en vez de identificar y dar seguimiento a “casi todos”, lo que parece obvio es que, del resto de los integrantes no conocían casi a ninguno.
Se puede apreciar este desconocimiento cuando se sabe que en los momentos más álgidos de la situación que se vivía entre 1994 y 1995, aunque los principales cabecillas, los coroneles José Miguel Soto Jiménez y Manuel Polanco Salvador fueron enviados a posiciones alejadas (el primero a Montecristi y el segundo a Pedernales), la mayoría permanecimos en posiciones claves en las Fuerzas Armadas. El resto de los coroneles del grupo ocupábamos posiciones como jefe de personal, directores de operaciones, comandantes y subcomandantes de batallones, directores de las academias militares y policiales comandantes y ejecutivos de bases militares, jefes de los departamentos de inteligencia, etc. Es inconcebible que si se conocía su participación en actividades conspirativas se le asignaran o permanecieran en posiciones tan importantes en los cuerpos armados. Por asunto de “seguridad del Estado” estos oficiales debieron ser apartados de posiciones tan sensibles como las que algunos ocupaban en momentos tan críticos como lo fue la crisis de 1994.
En la situación político-militar que se presentaba, no era cuestión de considerar bandos enfrentados o de “quién tenía más fusiles, cañones o unidades”. Aunque no me corresponde entrar en detalles de cuál era el plan general que teníamos, el punto fundamental que sostenía nuestros propósitos era aprovechar el descontento generalizado que existía, no solo en la población frente a un gobernante déspota y tramposo, también en unos cuerpos armados afectados por las múltiples desatenciones a sus instalaciones y a sus estratos militares y policiales bajos y medios, mientras existía una cúpula con irritantes y desproporcionados privilegios.
Usted fue ayudante personal del secretario de las Fuerzas Armadas entre 1994 y 1995, tras afirmar haber tenido estas funciones, en el párrafo siguiente deja abierta la interrogante sobre cómo se preparaba el gobierno para enfrentar “un posible movimiento militar”. Desde unas funciones tan importantes como las que tenía, formando parte de la estructura del mando militar supremo, usted debía estar enterado de cómo debían enfrentarnos. Le exhorto a incluirse en el grupo de los que usted mismo sugiere “que sigan publicando” sobre estos acontecimientos.
Por su pertinencia, me permitiré la reproducción íntegra de uno de los últimos párrafos de su artículo; Estas lecturas deben servir igualmente para reafirmar lo dispuesto por la Constitución: las Fuerzas Armadas son obedientes al poder civil, apartidistas y no tienen, en ningún caso, facultad para deliberar. Podemos estudiar y comprender las circunstancias de otra época, sin convertirlas en doctrina para el presente. Estoy completamente de acuerdo con este párrafo. Esta y no otra es la interpretación que se espera de las intenciones de este grupo de coroneles. Existía una irregularidad política que provocó una irregularidad militar como consecuencia. La agrupación militar fue circunstancial y consecuente con la situación anómala que afectaba nuestra democracia, pero no fue una situación cuya repetición se estimula (leer, el capítulo VIII en la segunda parte de CORONELES y el contenido de la Solapa de la obra)
Comparto también la exhortación del párrafo final de su escrito donde concluye; “el país debe conocer versiones” de quienes estuvimos en uno u otro lado en esa ocasión. Si existen cuestionamientos sobre nuestra versión, sí, que otros sigan publicando sobre los hechos, pero que nadie invente, especule o emita suspicacias sobre versiones de quienes fueron actores o testigos.
